miércoles, 24 de julio de 2013

Abuelas

Él puede ser otro. 
Ella lo busca.
Historias de identidades truncadas y amores tenaces. 
Que no te mientan. La verdad siempre sana.

Presentado en un concurso de microrrelatos organizado por Abuelas, en Twitter.

martes, 16 de julio de 2013

Contar

La imagen es la de una tipa que corre por dos andenes.
Salta de la síntesis al tono, o viceversa.
También espera.
Con suerte se sube.
Y relata.
La mina en cuestión es una pasajera en tránsito.

viernes, 5 de julio de 2013

Serial killer

“Resigno saber qué lee este lector. Espero el próximo tren”.
Daniela Azulay

Contámela a mí.

Me vi pilas de policiales y leí el suspenso en todos los idiomas (traducidos, sí, pero no cambia).

Entonces.

Yo sé que el asesino serial tiene un patrón de conducta. (Ella se ajusta al physique du rol).

Y  sé que para entrar en la mira del asesino se debe exhibir algún tipo de señal que le active el delito. (Daniela responde a).

Y uno más uno me suman…

Llegó el momento.

Tengo que escribirlo.

O denunciarla.

Yo fui testigo
Sábado al mediodía en un bar, cita con Daniela. Las coordenadas exactas son irrelevantes porque podría haber sido en cualquier lugar.   

Llegué más o menos a la hora que quedamos. Ella no. Igual me mandó un mensajito disculpándose. “Subte parado en estación Pueyrredón”. No me sorprendió. Convengamos que el subte anda mal cada dos por tres. Entonces saqué el libro. (Si doy testimonio ¿tengo que aclarar qué libro leía? ¿Se puede caer toda mi declaración por errarle en el dato? Me aventuro por “El mundo según Garp”. Pero no se).

Apareció 20 minutos tarde. Tal vez fueron quince, no quiero exagerar. Yo ya había pedido mi café y lo había terminado. Incluso, me había tragado –con culpa- ese chocolate que te dan casi como un suvenir y que no perdono. ¿O era una masita, como le decíamos en General Roca?

Llegó. Volvió a decir lo del subte. (¿Por qué tanta insistencia? Si yo no le pedía explicaciones). Y empezamos a charlar, como siempre. Que los chicos, que la vida, que el laburo, que el no laburo.
Hasta que Daniela dice.
“No lo puedo creer”.

Pocos movimientos –dos o tres- y su mano está en la cartera que había colgado en el respaldo de la silla. Sin mirar tantea y encuentra lo que busca. Sus ojos están plantados en un punto fijo, detrás de mí. Y yo giro con cierto nervio, o precaución.

No veo nada. O nada que mereciera… Vuelvo la vista hacia Daniela justo en el momento en que ella gatilla. Ni a preguntar alcancé.

Serial
El bar estaba bastante vacío. A dos mesas había una mujer. Una mujer sola. Yo ni siquiera la había visto. Bueno, estaba a mis espaldas, es verdad. De todos modos, estoy segura de que no la hubiera observado nunca.

Pero.

La mujer leía. Y en ese dato tan ¿imperceptible? está la clave. Es que Daniela responde a ese tipo de señales.

 “¿A quién se le ocurre salir con los derechos de autor un sábado al mediodía?”, pregunta mientras guarda el teléfono que usa como cámara fotográfica.

Ya la tenía. Ya era su presa. Esa mujer de unos ¿50? pasaba a formar parte de las escenas lectoras, su serie.

Killer
Daniela podría haber sido una serial killer –yo lo sé- pero decidió trabajar para el bien. Es una criminal –peligrosa quizás- que en vez de disparar, sublima y hace arte. ¿Su arma? Un simple e inofensivo celular. Ojo que yo le negaría una reglamentaria.  

Soy/fui periodista y en el bar empecé a preguntar acerca de su modus operandi. Apunto mecánica del crimen (tal vez crimen es mucho decir, lo admito).

En la escena siempre hay un libro y hay un lector.

Ella se acomoda y apunta. Y sin que nadie pueda imaginarse qué está haciendo –menos que menos la víctima- escracha una foto en situación.

“No se dan cuenta”, insiste cuando insisto.  

Mirate cualquier película clase B. En algún momento el detective descubre el cuartucho en donde vive el fulano y las paredes están llenas de imágenes recortadas y así pueden descubrir cuál es la próxima y van y lo atrapan.

Daniela no tiene cuartucho. Ella se armó un blog. Y sube las fotos a la red. También escribe una frase que cataloga. Y si hay suerte, te regala un fragmento del libro que lee el lector.

Ahora me doy cuenta. Es la única serial killer que podría encontrarse dos veces con la misma víctima. Y esto del ebook le gusta, pero también debería preocuparle. El trabajo se le hace más difícil. Se pierden las tapas.

Invisible
Está adiestrada, que no te sorprenda. Vos podés ser uno de sus blancos. Para Daniela la vida es sólo una buena excusa para.

Y creo. No, no puede ser. Pero sí. Es muy probable que… Un día, un sábado, en un bar, al mediodía… Fui su víctima.

Silenciosa
Seguramente ella llegó puntual a la cita. Sabía, me conoce, que iba a llevar un libro. Entonces, esperó escondida (¿en qué lugar? ¿los mozos serán sus cómplices?) Ahí nomás llegué a la cita y ella me mandó ese mensaje del subte atrasado. Tanta insistencia, si nadie le pedía explicaciones (tengo que averiguar si ese día hubo problemas en la línea B, tengo que recordar la hora exacta).  Y yo que saco el libro y Daniela que me pone en su mira y (¿quién propuso ese bar, ella o yo?).

Voy a entrar al blog. Estoy intrigada ¿Será con El mundo según Garp?

¿Se habrá atrevido a subir mi foto?
http://escenaslectoras.blogspot.com.ar/

lunes, 24 de junio de 2013

Ana. Sus mundos

“¿Cómo se organiza la espera dentro de la espera?”.
Ana López


En otros tiempos fue Carolina.
Hoy es Ana. Sin apodos ni diminutivos.
Escribe.

“Pruebo, pero no lo encuentro”, publicó en su blog Escriticios el 4 de febrero de 2010. Hacía quince años que le escapaba a la ficción y ya le dolía. Tres años después Ana López presenta su novela, Principio de necesidad. En el trayecto hay cuentos con estilo propio, publicaciones y el premio de haber sido finalista en el Rulfo.

¿Qué sucedió entre ese día de verano en que subrayó en su blog que probaba pero no encontraba y el momento en que empezó a escribir? ¿Cómo se enciende una artista que se encuentra anestesiada?

Enigmas.
Y algunas certezas.

La que escribe, la que lee
“Si tuviera que elegir quién en mi es la que escribe, sería una que es escritora todo el tiempo”.

Inventa cuentos desde siempre. O desde que su señorita Marta la tentó a los nueve años leyendo sus narraciones frente a los compañeros. En la adolescencia vinieron los talleres y más tarde la carrera de Letras. Un clásico ahí. En ese transitar por las aulas de Puán 480, Ana dejó de escribir ficción. “La Facultad te mata porque es muy despectiva”, explica, y en algún lugar se arrepiente de Letras. Sin embargo agradece las lecturas.

Ana es y fue lectora.

“Leer me salva –asegura-.  Cuando todo se cae, a mí leer me rescata. Escribir no siempre me salva. A veces me angustia muchísimo”.

Para escribir prefiere la soledad, esa de las seis de la mañana. Pero el silencio no es condición excluyente. Se entiende, vive en familia.

Cuando se mete en sus textos se ubica en un universo paralelo, fuera de la lógica del cotidiano, pero se vale del mundo terrenal. Ana es de las que camina las cuadras que va a desandar su personaje. O visita un hospital de Barcelona, porque ese lugar va a ser el escenario de un encuentro. O mira desde una ventana y ve la foto que es tapa de su novela.

Labura en la hoja.

Labura fuera de la hoja.

Sostiene que escribir es pensar. Incluso va por más y asegura que escribir es mucho más pensar que plasmar. En tanto, frente al binomio inspiración/ transpiración no duda. Ella descree de la inspiración.

Cree en otras cosas.

“Creo en el talento. Y  creo que se confunde la inspiración con una mirada aguzada.  Realizo un tratamiento quirúrgico sobre aquello que veo pero me parece que es un error llamarlo inspiración”.

Ana encuentra una relación dialéctica en eterna confabulación entre “esto de tener tan aguzada la mirada y escribir historias”. No la interrumpas mientras teje y desteje la trama. No le va a gustar.

Principio de necesidad
¿Qué lleva a un artista a sentarse frente a la página en blanco y alinear un sentido, aunque angustie?

Ana responde con la mayor de las profundidades simples: “Escribo porque no puedo no escribir”. Y ante una mesa –que no es la suya- intenta descifrar la experiencia de volver a contar historias después de 15 años de abstinencia. “La decisión de buscar un espacio programático de escritura fue clave”, asegura. El taller. Un maestro. Juan Martini.

También rescata el cruce con un amigo del pasado que le recordó que ella podía hacerlo. “Me encontré con un compañero de los talleres iniciales que me preguntó si escribía y le dije que no. ¿Y vos?, le pregunté. Me dijo que tampoco. Para ese entonces yo ya sentía que cargarle la culpa a la carrera era una coartada, pero apelé al cliché. Él me despidió con una advertencia: lo peor es que nosotros sabemos que podemos escribir”.

La frase quedó dando vueltas en ese espacio particular que nos impulsa a definirnos. Sólo después vino Martini, las consignas disparadoras y empezar.  

Escribir, el acto
Café –varios- un mate y disciplina. En su escritorio hay también teléfono y computadora encendida. Es que al mismo tiempo que crea, se documenta e investiga. Ese dato. Ese lugar. El significado de esa palabra.

Ana tiene una libreta en donde anota. “Hay como un instante en donde se cayó un pajarito de un nido. Entonces yo lo vi y apunté. Tengo una lista larguísima de cosas que pasan”. Muchas veces vuelve a sus anotaciones. Otras, la imagen es tan potente que no necesita ir a buscarla. Como la de dos mujeres desconocidas que están juntas en una habitación, el germen de su novela.

“Mi novela es el resultado de una novela frustrada”, sentencia.

Un día  se subió a un avión que la llevaba a París con la consigna de definir una historia que venía entreverada. Y regresó con otro libro en construcción: Principio de necesidad.

La imagen –la del germen- apareció en el viaje. Dos mujeres desconocidas que comparten una escena. Y le fue anudando la tensión dramática, los personajes secundarios, el conflicto. Es el relato de una espera desde una fibra íntima y poco complaciente. Podría haber sido en un pueblo del interior pero fue Barcelona.

Cuando se sentó a escribir Principio de necesidad temía volver a perderse, como en esa novela que no llegó a ser. Se propuso un plan.

Eran diez días divididos en diez capítulos. Entonces iba a escribir uno por semana.

“Entre el lunes y el martes debía resolver dos páginas, que maduraba el miércoles y el jueves. El viernes y el sábado cerraba. En general el domingo ya estaba pensando el día siguiente”.

Los dos últimos capítulos fueron escritos prácticamente a la vez. “Yo ya tenía claro como terminaba. Quizás me faltaba ajustar los giros retóricos pero conocía el final”.

Cuando escribe ella sabe, sí, pero también se deja sorprender por su trama. “Es lo divertido”, sostiene. Sus textos tienen un fondo críptico. Es lógico, le faltan algunas piezas.

Esas criaturas
“Lo más lindo de volver a escribir, de meterme otra vez en ese mundo que yo ya conocía, fue pensar en esos otros.  Cuando escribís un cuento está buenísimo, cuando escribís una novela es mejor todavía porque estás mucho tiempo absorbido por sus vidas”.

Si hay pinceladas que tienen que ver con ella. Y si, las hay. En Principio de necesidad hay además mucho laburo con el lenguaje. Y aparece también su trabajo, el de afuera, el del mundo terrenal. Ana planta al personaje en la escena y lo deja jugar en sus contradicciones. 

Los ama, pero no es complaciente. Ahora está escribiendo acerca de una mujer que quiere menos y le cuesta más. Pero quien te dice, con el tiempo tal vez se encariñe. Y cuando deba despedirse…

“Terminé Principio de necesidad un 26 de octubre. Lloré todo un fin de semana. Son tres meses de tu vida en donde estuviste metida en ese mundo. Y surge una sensación de ¿ahora qué? El lunes y el martes corregí, con la impresión de que era una bosta, y mandé una copia a una convocatoria de la editorial Textos Intrusos. 10 días después recibí un llamado que no esperaba. Iban a publicarla”.

Y está bien que así sea.
Es una buena historia. Te atrapa. Te lleva a un lugar inesperado.
Julia, su protagonista, vale la travesía.

La anestesia. Los antídotos
15 años sin escribir, la lectura –que siempre salva-, un encuentro azaroso, un maestro que sabe llevarte bien y ahí tenés, una escritora que publica.

Suena fácil.

Pero.

¿Qué sucedió entre el instante en que Ana no encontraba personajes para amar y ese otro en donde volvió a tramar relatos?

“No puedo dar una respuesta.  Cuando pasó, ya estaba ahí otra vez. Era como andar en bicicleta. A mis 18 años pensaba que no había historias para contar. Hoy creo que las historias están por todos lados”.



Es como andar en bicicleta, dice.
Y Ana sí que pedalea.
Hay que seguirla.

sábado, 15 de junio de 2013

Lista Nothomb

Amelie Nothomb es una escritora diferente. Empezás a leerla y querés otro.  Por suerte es muy prolífica. Va lista. Es un top four. 


El primero que leí, mi preferido.
“Una forma de vida”.
 Crónica de la relación epistolar entre una escritora, Amelie Nothomb, y uno de sus lectores. Que este hombre sea obeso hace a la historia.



Ahí nomás, bien cerquita.
“Estupor y temblores”.
Lo terminé ayer. Dice la contratapa que es autobiográfico. No leas la contratapa, porque además de este dato cuenta demasiado. Recién escribí que la novela es perfecta, irónica y hermosa. Justo como me imagino que es Amelie. Mi amiga Gabriela Larralde te diría que le prestes atención a ese ventanal.



Le sigue:
“Cosmética del enemigo”.
Chiquita. Muy llevadera. Me gustó estar ahí. Tal vez podría suscribir un pero. Pero no.



En el cuarto puesto, el último que salíó:
“Matar al padre”.
Nombre increíble. No quería esperar para comprármelo. La pasé bien. No me extasió. Bueno, no siempre tiene que ser el gran viaje.
Un viaje.


Agrego el quinto, recomendación de la amiga Daniela Azulay:


«Brillante como una cacerola». Son cuentos. Es más. Creo que lo primero que leí de Amelie es de ese libro. Fue en un taller que siempre estamos por aceitar con Steinberg y Azulay.



El que no:
“Ordeno y mando”.


Cada uno es un universo diferente. Inquietante. Yo sigo a Amelie Nothomb.
Acepto sugerencias para continuar.

lunes, 10 de junio de 2013

El tema de la resignación

Desafío.

Con miedo y sin red se sostiene en una estructura vacilante.

Los hombros a media asta develan el duelo.

La decrepitud acecha.

Ella.

lunes, 3 de junio de 2013

La palabra esquiva

Tres historias detenidas, rebeldes.

Se niegan, se molestan, se trepan una sobre la otra.

Se retrasan.

Me impacientan.

¿O seré yo la culpable y ellas mis víctimas?

Ires y venires.

Es como "La autopista del sur", de Julio Cortázar. Sin auto y sin grandes intercambios. Entonces no es, descartado.

Son ideas que maniobran en la carretera a trasmano y se desmanejan. Sí, esta posibilidad se acerca más.

¿Se salvarán todas? ¿Alguna? ¿Se entrelazarán?

El tiempo -la carretera- dirá si encuentran la salida. O al menos un caminito al costado.

La letra -que reina y ordena- decidirá.

Si puede.